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Andrea Viñamata

Escrits I ACTUACIONS DIVERSES.

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EL PROYECTO DE FUTURO

Un niño llamado Futuro, invierte su vida entera en buscar a una mujer llamada Libertad. Por el camino encontrará otros personajes que provocarán cambios esenciales en su ser.
 

EL PROYECTO DE FUTURO.



Cap.1. FUTURO.

Es el futuro el más incierto de los presentes... Es el presente el futuro alcanzado que se escurre y se torna pasado... Sea presente, futuro o pasado, sea pasado, futuro o presente, sea lo que sea, si en vida lo traduces, en vida lo transformas. No los pierdas.


Érase una vez un cuento en el que el protagonista era un niño llamado FUTURO. Nuestro amigo Futuro era un chico de gran ambición. Sus padres siempre le habían explicado que lo más importante en la vida es ser feliz, ya que ellos no habían logrado serlo más que una breve temporada. Y precisamente por ello, y aunque en su casa, a su manera, se esforzaron, la vida de Futuro no fue fácil, ya que aquellos a los que más quería, siempre arrastraron la sombra de la pena, y esa es una de las mayores tristezas que puedes clavarle a un hijo en el espíritu.

La madre de Futuro, de rostro bello y tez clara, padecía una de esas depresiones que ni el mejor de los especialistas sabe arrancar del seno del alma. Realmente no había un motivo aparente para su habitual aflicción, nunca les faltó para comida y caprichos, y la salud parecía estar siempre de su lado. Aun así, ella siempre sintió un vacío que nunca supo llenar. Y empujada por esa frustración constante, decidió tener a Futuro, agarrándose a la idea de que ser madre tapa todas las heridas que el pasado pueda haber dibujado en el mapa de la vida. Y fue también por ello que lo llamó Futuro, ya que estaba convencida de que con un hijo su tristeza se desvanecería, los días cobrarían sentido, o mejor dicho, su propia existencia sería la que cobraría ese sentido. Pero no fue así. Y no sólo no fue así, sino que el hecho de que Futuro no fuese la solución a sus problemas, hizo que éste se tornase en un problema todavía mayor. El grado de frustración de su madre aumentaba a medida que los años de su retoño también iban ascendiendo, siendo proporcional la desdicha a la edad. A veces, el amor de una madre, no puede con todo.  

Mientras Futuro fue bebé, ella lo pasó tremendamente mal. Las noches de desvelo, los cambios constantes de pañal, biberones, lavadoras, llantos, madrugones, y un largo etcétera, eran una losa que pesaba demasiado para su espalda agotada. Las ataduras y la dependencia que aquél pequeño ser significaban, hacían que ella se alejase en lugar de acercarse. Y aunque Futuro, como cualquier niño que crece, fue ganando independencia, ella nunca supo gestionar los instintos más básicos del apego, con el apego que tenía ella misma hacia su propio yo. Su depresión se agravó, y Futuro creció sintiendo que él era el culpable de su perenne desdicha, sentimiento que se impregnó en su piel como el más profundo de los tatuajes.                             
 
 Su padre, aparentemente, era distinto. Su juventud fue maravillosa, creció en una familia asentada, recibió una buena educación, y viajó muchísimo. Cuando conoció a la que sería su esposa se enamoró de ella profundamente. El simple olor de su piel suponía para él el mejor regalo para sus sentidos. Y la pasión se apoderó de su corazón hasta tal punto que le cegó. La colmó de regalos y atenciones, y ella, deslumbrada por lo que parecía el cuento de hadas perfecto, aceptó casarse a los dos meses de haberse conocido.
 
 Pero desgraciadamente, todo resultó ser un simple espejismo. Ella rápidamente entró en ese estado de constante desdicha del que ya nunca ni supo ni quiso salir. Él, arrastrado por la innegable fuerza que un corazón compungido posee, y encadenado por el yugo del chantaje emocional, acabó contagiándose del virus de la pena. Y fue por todo ello que el padre de Futuro quiso vacunar a su pequeño niño de tal mal, llegando al punto de la obsesión por lograr su bienestar. La bondad y la excesiva protección hacia Futuro, alimentaron la autoestima del niño en negativo. Desde que éste tuvo uso de razón, escuchó una vez tras otra que debía buscar la felicidad, felicidad, felicidad! El futuro de Futuro sólo podía ser uno, encontrar a FELICIDAD!!!!!! 

Así, del amor de una madre ausente y un padre demasiado presente, se desarrolló un niño con la paranoica idea de la humanización de lo único que importaba, su amada FELICIDAD, su bella FELICIDAD, SU META, SU PROYECTO; FELICIDAD. 

Cap. 2.  RUTINA Y MATERIALISMO.

Cómprame el sol, regálame las nubes mojadas del invierno, acostúmbrame a beber de las estrellas... Si te lo regalan no lo quiero. Paga por ello. Si no pagas no vale, si no vale me aburre, si me aburro mejor muero.

Con el paso de los años, Futuro pasó de ser ese niño de sonrisa gris, a ser un joven algo distinto a lo habitual. Aparentemente se trataba de un chico ambicioso, con las ideas claras y la iniciativa necesaria para lograr lo que se propusiese. Tenía una personalidad fuerte, era perfeccionista y buen alumno. No entraba en conflictos con sus compañeros, pero no porque no fuese problemático, sino porque simplemente carecía de una correcta socialización, o dicho en otras palabras, no solía generar amistades. Aun así, profundizando un poco más en su esencia, realmente se trataba de un adolescente lleno de miedos y complejos que lo llevaban a padecer un sentimiento de culpa constante por cualquier cosa negativa que sucediese en su entorno. Su obsesión era Felicidad, y no por él, sino por ellos, por sus padres. Tanto fue así, que aquello que realmente más le motivaba era lograr de su padre el beneplácito, y a poder ser la felicitación, por cada uno de sus actos. 

Poco a poco había ido sumergiéndose en un mundo imaginario, donde sus sentimientos y emociones cobraban vida, le hablaban, le sonreían o le increpaban. Futuro empezó a no ser capaz de discernir la realidad de la fantasía. Pero él no era consciente de ello, por lo que no le afectaba en absoluto poder pasarse largos ratos en el patio del colegio o en su habitación, charlando con amigos tan especiales como ALEGRÍA, SOBERBIA o ILUSIÓN, entre otros muchos.

Una tarde lluviosa, de esas en las que el Sol sólo asoma tímidamente sus extremidades al mundo, Futuro se dejó llevar por el gris de las calles a un estado anímico similar a ese que su madre tenía siempre por vestido. Fue por ello que de camino a casa, se sentó en el escalón de un escaparate de juguetes, y dejó que el agua recorriera su pelo sin piedad. Sumido en ese empapado paréntesis, se sentaron junto a él, uno a cada lado, sus amigos RUTINA y MATERIALISMO. 

Rutina solía ser agradable con Futuro. Siempre le ponía las cosas fáciles, y cuando éste se angustiaba porque algo no le salía como él esperaba, ella siempre le animaba recordándole que no es necesario salir de los cánones que habitualmente el día a día nos marca. Cuando Futuro proponía algún nuevo plan, alguna nueva idea, y sus compañeros de clase no hacían ningún caso, Rutina lo arropaba, le sonreía y lo acompañaba a su casa, donde podían relajarse juntos viendo la televisión o jugando con la tablet. 

Con Materialismo en cambio era todo muy distinto. Futuro se ponía en tensión con él. Poseía un carácter frío, muy directo en su forma de hablar a veces algo cruel, y Futuro sentía que detrás de esa supuesta amistad siempre se escondía algo más, pero no acababa de tener claro de qué se trataba. Materialismo le animaba siempre a luchar por distintas cosas, y en muchas ocasiones Futuro le había hecho caso, y había incluso logrado los objetivos que Materialismo le había incentivado a conseguir. Pero generalmente esos objetivos no eran más que meros parches que servían únicamente para vestir bien, decorar su cuarto o tener el mejor móvil de la clase. Los objetivos de Materialismo nunca fueron algo tan sencillo como oler una puesta de sol, cerrar los párpados a la música, o acariciar las manos de alguien hecho de seda.

Así, sentados los tres frente a ese colorido escaparate, entablaron una conversación que fue crucial para Futuro. Se pasaron horas hablando sobre Felicidad, sobre esa mujer a la que todos ansían, esa persona que todo lo soluciona, la mejor compañía de la que nadie pueda disfrutar, ya que según Materialismo y Rutina, no había nada mejor en la vida. Rutina insistía mucho en que con Felicidad de compañera ya no era necesario esforzarse por nada, porque el simple hecho de rozarla ya implicaba no necesitar ninguna otra cosa. Materialismo estaba convencido de que con Felicidad, se podía lograr lo ansiado, lo anhelado, lo que más se pudiera desear, como en ese momento al observar ese escaparate lleno de juguetes envueltos en música, que haría las delicias de cualquier niño en el mundo. Decían que Felicidad existía, incluso decían haberla conocido, pero realmente ninguno de ellos sabía cuál era su rostro, ni cómo era su sonrisa... Sólo sabían que cada persona que la tocaba se enamoraba de ella, derivando en el más profundo y pasional de los amores.

Futuro lo tenía claro desde que tenía uso de razón. De hecho, su carácter se había forjado con la cristalina idea de que algún día buscaría a su anhelada Felicidad, y eso implicaría, además, que su padre estuviese orgullosísimo de él. Su madre, así, quizás podría esbozar alguna sonrisa que naciese de su corazón, y no de la necesidad de sonreír como respuesta a lo políticamente correcto. Y fue entonces, tras esa tarde de charcos y barro, cuando llegó a la conclusión más importante de su vida; tenía que emprender viaje para encontrarla, encontrar a Felicidad, no podía ni debía esperar más. Cuanto antes empezase, antes la encontraría.



Cap. 3. ANSIEDAD.
Roba mi estómago, mata mi cabeza, ahoga mi pensar. Respiro, respiro, respiro sin parar. Abro los ojos, los cierro y vuelvo a abrirlos. No puedo, no sirvo, no vuelo. Me pesa hasta la sangre, esa sangre que tan rápido fluye, esa sangre que nubla mi mirada, esa mirada que no ve lo que al lado tengo. 

Abrió la puerta de casa y entró con rapidez. Estaba empapado, no se salvaban del agua ni siquiera sus pestañas, pero no le dio ninguna importancia al rastro mojado que iba dejando tras de sí en el pasillo. 

Por la ranura de la puerta de la habitación de sus padres pudo observar por un instante a su madre. Como estampa habitual, estaba estirada en la cama viendo una de esas series que llegan a los diez mil capítulos. No la saludó. Es más, ella ni siquiera lo oyó llegar, estaba en una escena demasiado crucial para prestar atención a lo que la rodeaba.

El salón y la cocina estaban vacíos, las persianas a medio subir dejaban entrever una carretera repleta de coches impacientes por poder circular. Se escuchaba el ruido de las bocinas estridentes, motos lidiando sus propias carreras, y alguna ambulancia perdida entre el bullicio de la multitud. 

Su padre no estaba, cosa que se había transformando en algo demasiado frecuente. 

Futuro entró en su cuarto y ahí estaba ella, rodeada de ese halo de misterio, ya que cuando se interponía en su camino, él nunca sabía cómo iba a terminar el día. ANSIEDAD a veces lo empujaba a hacer las cosas, sin pensar, por impulso, cosas que a veces le salieron bien y otras muchas le salieron irremediablemente muy mal. En cambio, en otras ocasiones, su sola presencia lo paralizaba, no le dejaba respirar, hacía que su corazón se acelerase más de la cuenta y su boca dejase de segregar saliva. Y lo peor de todo es que parecía que ésta le leía constantemente la mente. 

Ansiedad era inteligente, y aunque él no se percataba, era sumamente manipuladora. Sabía bien cómo hacer que Futuro se moviese en una u otra dirección, pero una vez lo había logrado, en muchos momentos lo dejaba solo, a su suerte, y entonces, eso que podría haber parecido iniciativa, se transformaba en descontrol de la situación en la que se encontrase Futuro. 

Ansiedad lo contempló fijamente al ver la sorpresa de Futuro encontrándola sentada sobre su cama. De mirada penetrante, con media sonrisa y su ceja derecha sutilmente elevada, le dijo a Futuro que lo hiciese.

-       ¿Que haga qué? – contestó él, dubitativo.
-       Haz ya tu mochila, cárgala con lo imprescindible, que no te pese demasiado, y ve a buscarla, no lo alargues más ¡Felicidad no te va a esperar para siempre! 

Y una vez más, Futuro hizo caso de la impaciencia por lograr algo sin pararse a reflexionar de una forma analítica o lógica su decisión. Simplemente, se consideró afortunado por el hecho de tener una tan buena amiga como Ansiedad, que era capaz de lograr que él se moviese por aquellas cosas que, bajo su criterio, no hacía falta analizar en exceso. No se lo pensó dos veces. Abrió el armario, cogió la mochila de deporte, introdujo algo de ropa, sus escasos ahorros y el cargador del móvil. Ansiedad observaba cada movimiento con un claro gesto de aprobación. 

 
Salieron juntos a la calle. Futuro olvidó despedirse de su madre. Al darse cuenta fue a retroceder, pero frenó en seco. Su madre estaría embelesada frente a la pantalla, le ignoraría, no valía la pena perder ni un segundo más, la búsqueda de Felicidad ya era urgente.
 
Llamó por teléfono a su padre, pero éste no contestó. Ansiedad, deleitándose en la perversidad de la impaciencia confundida con pasión, aconsejó a Futuro no hacer más llamadas. Un simple escrito informando de la buen nueva de que iniciaba tan anhelada ruta sería suficiente. Y así lo hizo, satisfecho de recibir tan buenos consejos de mano de su amiga. Además, Futuro tenía claro que cuando su padre fuese consciente del porqué de su marcha, no cabría en sí de gozo, ya que él quería lo mejor para su hijo, y lo mejor era, sin lugar a dudas, su tantas veces nombrada Felicidad. 
 
Futuro, dominado por Ansiedad, lanzó el teléfono móvil a una cloaca. No podía permitir persuasiones o presiones ajenas.

Caminaron durante varias horas alejándose de las calles que lo habían visto crecer. Futuro y Ansiedad llegaron rápidamente a la conclusión de que, dentro de la ciudad iba a ser sumamente complicado encontrar a Felicidad. Felicidad vivía ahí donde el cielo y las montañas chocaban tiñendo de rojo las nubes que vestían el anochecer. Felicidad vivía, sin un ápice de duda, en ese cálido rincón donde el Sol cada día asomaba para acariciar a todos con su luz llena de vida y de color. Y es que Futuro tenía claro que Felicidad debía estar en el lugar en el que la belleza y el bienestar fuesen tan intensos como sus ganas de encontrarla. 

Y así, salieron de la urbe inundada por su corriente manta de terciopelo gris, y tomaron el primer sendero que divisaron para llegar a la cima de su ruta. Así sí, así empezaron a poder vislumbrar esa difuminada línea de fuego, donde su meta se hallaba con total seguridad. 

Pasaron los días, y Ansiedad y Futuro llegaron a un enorme prado llano. Sólo había hierba y alguna tímida flor que asomaba entre los trazos verdes, pero ni un solo árbol, ni un solo montículo, nada, sólo espacio y más espacio. Era el punto perfecto para frenar y ver hacia dónde caminar. Pero Ansiedad no se lo pensó dos veces y empezó a correr, a correr tanto como sus piernas se lo permitían. Se veía perfectamente el horizonte, lo tenían allí mismo, cerca de sus manos, no podían tardar mucho en llegar si aumentaban la velocidad. Futuro la seguía, corría y corría. Corría hasta donde daban de sí su fuerza y su resistencia. Tenía que seguir a Ansiedad, tenía que volar hacia su meta, su premio, la recompensa a tanto esfuerzo. No podía perder más tiempo, la línea del horizonte estaba clara, era como un rótulo de neón que marcaba con fuerza la bienvenida a casa de Felicidad.

Pero la noche, implacable e inevitable, se lanzó con furia sobre sus cabezas y Futuro cayó finalmente al suelo, desfallecido, angustiado, con la respiración entrecortada, sudor en su cuerpo y el corazón apretando su pecho como si quisiese salir de esa cárcel de huesos y sangre. Era imposible discernir ruta alguna. Tuvo que frenar.
 

Cap.4. TENACIDAD, OBSTINACIÓN E INSEGURIDAD.
Lucho, subo y caigo. Vuelvo a luchar, vuelvo a subir. Caigo y duele más. Me ciego, subo subo subo, caigo y me rompo. No lo intento más, no lo lograré jamás. Duermo, respiro, duermo, vuelo, vuelo y respiro. Despierto. Cojo una cuerda y subo, despacio, con calma. Toco el cielo. La luna es mi premio, pero el amanecer volverá. 

Futuro durmió. Durmió mucho, horas, o incluso quizá días. Ansiedad se cansó de esperar y decidió acompañarlo sólo a ratos, ella no estaba en posición de aguantar semejante quietud durante tanto tiempo seguido.

Algo repuesto, Futuro retomó su marcha. Pasó días y días caminando sin cesar. Caminaba veloz, sin perder el ritmo, pero intentando no llegar al nivel de los días previos, ya que su cuerpo no podría soportar mucho tiempo la paliza del viento rasgando sus mejillas al correr, o de las piedras punzantes clavadas en sus pies impetuosos. Sólo paraba para comer y para dormir, dormir lo mínimo, sin caer en el error de perder el precioso tiempo que le permitiría abrazar cuanto antes a Felicidad. 

A medida que pasaban las semanas, los meses, Futuro se sentía más cansado, incluso agotado, pero jamás exhausto, ya que él tenía claro que para lograr llegar a su ansiada meta no podía rendirse, jamás. Futuro no iba a tirar la toalla, el horizonte iba a ser suyo, Felicidad iba a ser suya. 

Pero en ocasiones, aun teniendo claras las prioridades, el alma puede fallar y hacer que la fuerza flaquee, y eso le pasó. Hubo una tarde en la que Futuro rompió a llorar. Lloró intensamente. Las lágrimas recorrían su cuello, y cada nueva gota arrastraba una nueva duda, un nuevo miedo, una nueva sensación de soledad. Añoraba el abrazo de sus padres, la sonrisa inocente de su madre, el guiño cómplice de su padre. Pero no podía contactar con ellos o, mejor dicho, no debía contactar con ellos. Con total seguridad, el padre de Futuro estaba exultante al saber de su viaje y la finalidad del mismo, por lo tanto, si Futuro le hacía conocedor del hecho de que en ocasiones las dudas inundaban su mente, éste se decepcionaría enormemente, ya que las debilidades y flaquezas de Futuro daban de lleno en la diana de los fracasos de aquél que lo vio nacer, que lo crió, y que le enseñó qué es lo que realmente importa en esta vida. La vida sólo es una, hay que luchar por vivirla de la mejor forma posible, hay que luchar por ser felices, hay que luchar por ella, por Felicidad. Su padre, embriagado por el amor a su hijo, había proyectado muy bien sus frustraciones en él, y éste, agradecido por todo lo aprendido, no podía fallar. Así que las lágrimas se acababan transformando siempre en frías y punzantes estalactitas de sal, que se clavaban hirientes en su piel, evitando que siguieran brotando de su mirada. Futuro nunca lloraba, y esta vez no podía ser distinta.

Una de esas tantas mañanas ahogadas por las nubes en duelo por la ausencia del Sol, alguien se le acercó: 

-       ¡Hola chico! ¿Está todo bien? – preguntaron amablemente esas tres mujeres.

Futuro, sorprendido por el desparpajo de esas desconocidas que se habían aproximado repentinamente, respondió afirmativamente, con la esperanza de que se fueran y lo dejasen tranquilo en su amargura. Pero no fue así.

-       ¡No disimules! Tienes mala cara. A leguas se ve que tienes algún problema. ¡Háblanos! Somos muy sabias. 

La seguridad con la que se dirigieron a él, y la angustia que Futuro sentía en ese momento por lo largo de su camino era tan inmensa, que casi sin darse cuenta, se desahogó con ellas. TENACIDAD era la más alta y corpulenta, de piel oscura y pelo grueso. Su mirada negra era penetrante, y la sonrisa que cubría su rostro denotaba una potente fuerza. INSEGURIDAD se llamaba la otra. De muy baja estatura, piel pálida y lánguidos brazos, la mirada de Inseguridad parecía arrastrar la melancolía en cada uno de sus lentos parpadeos. Sus labios finos y la nariz afilada hacían de ella una mujer aparentemente frágil. OBSTINACIÓN era la tercera, sin duda la más anciana de las tres. Su pelo cano recogido en un moño rodeado de pequeñas trenzas no iba acorde con sus cejas fruncidas aun sonriendo constantemente. 

Futuro decidió sentarse y contarles brevemente su historia. A lo mejor ellas podrían aconsejarle sobre qué senda tomar o cómo conseguir que la ruta fuese más ligera. Una vez les planteó a las tres todo lo que había hecho, y lo duro de su camino hacia su ansiada meta, entablaron una interesante y constructiva conversación. 

Bajo el punto de vista de Futuro, Tenacidad parecía ser la que se tomaba su prisa como algo menos importante. Ella insistió a Futuro que siguiese adelante, pero reiterando que pensase bien las cosas, que calculase lo positivo y negativo de cada una de sus decisiones y acciones. No por correr más llegaría antes. A veces los atajos improvisados hacen que nos perdamos, a veces salirse de la ruta marcada hace que encontremos baches, agujeros o charcos que reducen nuestra velocidad. Incluso en ocasiones, el hecho de correr demasiado hace que podamos sufrir algún incidente desagradable. Según Tenacidad, si disminuía su velocidad, se cansaría menos, y si estaba menos cansado, su mente le permitiría discernir mejor lo que más le convenía, y de esta manera lograría encontrar el sendero más corto, cosa que haría que su trayecto durase menos tiempo. Ante tales palabras, que a Futuro le parecieron ciertamente razonables, aunque quizás implicaban perder demasiado tiempo, Obstinación interrumpió. Con un tono algo amargo, le dijo a Tenacidad que no confundiera al chico. Ella era la más anciana y sabía de lo que hablaba. Lo que Futuro debía hacer era lo que ya estaba haciendo, correr y correr, sin mirar atrás. Ir directo al horizonte que, como él bien decía, estaba justo enfrente suyo, por lo que ese tenía que ser sin duda el camino más corto, ya que cualquier ignorante sabe que la línea  recta es la distancia más corta entre dos puntos, y lo que Futuro tenía era prisa, mucha prisa. Tras dicha afirmación, Tenacidad y Obstinación entraron en una especie de discusión, un debate sobre cómo llegar hasta Felicidad, la deseada meta de Futuro y de tantos otros. Los puntos de vista de las dos mujeres eran dispares. Tenacidad insistía en que futuro debía frenar, recargar la fuerza del alma, descansar durante siete días y siete noches, y de nuevo tomar la marcha. Obstinación le decía que corriese, sin mirar atrás, sin descanso a poder ser, comiendo lo mínimo, conversando con otros lo mínimo también, escondiendo al mundo cuál era su intención. 

En segundo plano se mantuvo Inseguridad, hasta que decidió ser firme en lo que ella opinaba: 

-       No lo conseguirás, dudo mucho que llegues Futuro. 

Tal afirmación, la contundencia de sus palabras, hizo mella en Futuro. ¿Porqué...? ¿Porqué le decía eso...?

Inseguridad, tras un incómodo silencio, se explicó. Le dijo a Futuro que era pleno invierno, que hacía frío, que estaba solo, que Felicidad, de todos es sabido, es sumamente esquiva, y que conseguir a una mujer tan deseada es casi un imposible.

Tenacidad y Obstinación se habían quedado perplejas mirando a Inseguridad. Se hizo otro largo e incómodo silencio, hasta que entonces sí que estalló una fuerte discusión entre las tres. Tenacidad mantenía que con calma e inteligencia podía lograrlo. Inseguridad se limitaba a entornar irónicamente sus ojos y a negar con la cabeza. Obstinación tenía clarísimo que corriendo sin parar y sin perder tiempo llegaría a ese horizonte en el que vivía Felicidad. 

Futuro había quedado relegado de la conversación. Se mantuvo un rato en pie, escuchándolas, escudriñando sus motivaciones y desmotivaciones al hablar. Finalmente le costaba incluso entender lo que decían, ya que la discusión había tomado un tono algo desagradable. Futuro intentó analizar y sacar algo en positivo. Estaba claro que lo que Inseguridad le había dicho le marcó, pero decidió hacer caso de Obstinación, ella era la más anciana, tenía que ser indudablemente la más sabia. 

Elevó su mirada, el cielo volvía a sonreírle a la luz, las estrellas se habían agazapado tras las montañas. Futuro intentó despedirse, pero no le escuchaban. Aun así, estaba complacido, había recobrado de nuevo vigor con los consejos recibidos. Tenía que correr sin parar, no mirar atrás, luchar por lo que deseaba. Así que emprendió de nuevo camino, esta vez más rápido que días atrás. Sus nuevas amigas le habían dado la energía que necesitaba.
 

Cap.5. ESPERANZA.

Vi un ancho camino negro entre la multitud efímera de esa Rambla perdida en manos de la desgracia. Parecía que esa pesadilla no tendría fin. Luché incansable contra mis miedos y, de repente, un halo de brisa fresca hizo que de nuevo naciesen esas flores que siempre habían inundado el suelo pintado. Volvió a prenderse la luz.

Y el cronógrafo jamás tomaba pausa. El ritmo de Futuro seguía siendo intenso, pero el agotamiento de la carrera iba acumulándose en la saca de la fuerza, y ésta cada vez pesaba más. Así, en el despertar de una mañana, y para su asombro, se dio cuenta de que ya era prácticamente mediodía. El Sol iluminaba el ancho cielo con una intensidad que no gustó en absoluto a Futuro ¡Había perdido una mañana entera descansando! Si su padre supiera de su debilidad, seguro se decepcionaría enormemente. Era impermisible llevar tanto tiempo tras una meta, no haberla alcanzado todavía, y perder medio día entero durmiendo perezosamente. Además, Futuro tenía muy presente a Obstinación, y si en algún momento desfallecía, Ansiedad se pasaba a visitarlo y a animarlo a seguir adelante sin cesar.

Sacudió su cabeza, miró a lo alto y decidió tomar de nuevo su andadura. Fue en ese preciso instante cuando un niño y una niña se cruzaron por su camino. Por algún motivo le llamaron la atención, y los miró analizando sus rostros. El niño poseía facciones serenas, tez limpia y largas piernas. La niña era realmente preciosa. Gozaba de unos enormes ojos chispeantes que irradiaban vida, cada poro de su piel parecía sonreír, de igual forma que su boca lo hacía sin cesar. Y así, con esa amplia sonrisa que robaba su atención, le preguntó a Futuro si necesitaba alguna cosa, ya que lo había visto muy serio en su despertar. Él la miraba perplejo sin saber porqué, cuando de repente salió de ese pequeño oasis que esos infantes le habían inspirado por un segundo, y volvió a su estado anímico inicial, el mal humor. Estaba enfadado consigo mismo por haber perdido un tiempo precioso, y no podía seguir perdiéndolo con esos niños que seguramente lo que querrían sería jugar un rato a la pelota o cualquier tontería por el estilo. Es por ello que Futuro no les hizo mucho caso, y sin siquiera dar las gracias por preguntar, les dijo que no necesitaba nada y retomó su ruta.

Pasaban los meses. Futuro recorrió pueblos, bosques, incluso montañas de arriba a abajo. No veía los paisajes inundados de pasto fresco, no miraba las estrellas que yacían intensas tapando la oscuridad, no escuchaba la melodía sin partitura de los pájaros al amanecer, no olía el rocío ni se percataba de lo cristalina que era el agua que bebía del río. 

Y llegó, de nuevo, la primavera. Los campos coleccionaban más colores que la mejor de las paletas podría haber poseído. La brisa cálida se tornaba en viento cuando Futuro corría con furia. En su mente sólo podía escuchar un nombre, Felicidad, su ansiada y obsesiva Felicidad...

Por su lado pasaron raudales de personas. Esquivó a mujeres, hombres, niños, animales, nada le importaba, nada le interesaba. Felicidad era su meta, Felicidad era su vida, Felicidad era la solución a todo. Su padre estaría sumamente satisfecho de él cuando regresara a casa de su mano.

Uno de esos muchos redundantes días de Futuro persiguiendo el horizonte, empezó a llover con intensidad. Las nubes parecían molestas con el viento, y se mostraban implacables lanzando su agua como si se tratara de potentes gritos de guerra. Tras la cortina del aguacero helado, Futuro divisó la silueta de un niño agachado al borde del río. Se acercó hacia él y pudo escuchar sus lamentos, pidiendo ayuda al infinito. Ese pequeño río se tornaba océano bajo el flagelo del clima con ganas de lucha. Entonces, en medio de la potente corriente, pudo ver un perro subido a una pequeña roca, combatiendo literalmente por su vida. Futuro pensó en tirarse al agua y rescatarlo, pero lo vio del todo imposible. Se acercó al niño, y acarició su pelo empapado, diciéndole con la mirada afligida que ya no había remedio. Además, sentía que no podía perder energía en nada que no tuviese que ver con buscar a Felicidad.

De repente, una voz les habló:

-       Hay que lanzarse al agua y ayudar a ese perro.

Tanto el niño como Futuro, perplejos, vieron cómo una ruda mujer se acercaba a ellos, sorteando sin perdón las cortinas del temporal.

-       Tenemos que hacer algo, no podemos dejar que caiga – insistía ella.

Futuro, incrédulo ante la posibilidad de que hubiera remedio, contestó:

-       Disculpa, pero dudo que se pueda hacer algo. El riesgo es demasiado alto. 

-       Cabe la posibilidad de salvar a ese perro, no podemos dejar que se ahogue, lo podemos conseguir. – contesto ella sin atisbo de duda.

A Futuro le sorprendió tal seguridad, y por un momento dejó de pensar en su viaje y buscó opciones. Fue entonces cuando, en ese momento de dilema, a lo lejos vio una pareja. Ambos mostraban una gran sonrisa, y se aproximaban. Futuro se acercó rápido a ellos, y con impaciencia les avisó del incidente para que ayudasen a ese pobre niño y a la mujer que insistía en luchar por la vida del perro. Si accedían, él podría emprender su marcha sin perder más tiempo, y sin arriesgar su propia vida. 

Futuro, con la prisa que ya formaba parte de su carácter, no reconoció las caras de los que decidieron usar cuerdas con esa mujer para sacar al perro. Se trataba de esos dos niños que tiempo atrás le habían robado unos segundos de atención con los ojos impactantes de la niña y sus sonrisas implacables. 

Los niños habían crecido, los años habían pasado, Futuro no se había dado cuenta. 

Atada como si fuera un arnés, una cuerda rodeó la cintura de esa desconocida, y los chicos la sostuvieron cuando se lanzaba al agua. La fortuna quiso que la lluvia remitiera, y pudieran sacar al perro que temblaba, quizás de miedo, quizás de frío, pero lo habían logrado.

Se alejó despacio, pensativo, cuando escuchó cómo ella se presentaba ante el niño y la pareja. ESPERANZA, dijo llamarse. Futuro clavó los ojos en su rostro, de la misma forma que ella hizo con él. Fue una mirada breve, apresurada, pero penetró en su cerebro como un clavo de oro. Esperanza... Ella le demostró que, en ocasiones, aun creyendo que no hay forma de conseguir algo, si se intenta, se puede alcanzar. Y ese mensaje era importante para él, debía extrapolarlo a su misión. Iba a encontrar a FELICIDAD.

Cap. 6. EMPATÍA y GENEROSIDAD.

Hoy te regalo mi alma cansada, hoy te regalo mis manos bregadas. No es por ti que lo hago, no es por ti que lo doy. Hoy te regalo el todo de mí, hoy te regalo de mí la mirada. No es tu fortuna pues mi regalo, es mi fortuna tenerte a mi lado.

En ocasiones, las horas y los días parecían correr más impacientes que Futuro, y el horizonte siempre ganaba, veloz, las carreras que con él emprendía. No se daba cuenta, pero esa delgada línea de fuego y agua siempre estaba a la misma distancia. Cuando él se acercaba, ella se alejaba. Si era él el que se alejaba, cosa poco habitual, entonces era ella, la línea, la que se acercaba. La impaciencia encarcelaba cada día más el alma de Futuro, pero la imagen de su padre abrazando a Felicidad a su regreso, la fuerza que a temporadas le daba Ansiedad, los valiosísimos consejos de Obstinación y el ejemplo de Esperanza, hacían que Futuro siguiese adelante con su importantísimo y necesario proyecto. Valía la pena perder esos años de su vida para conocer a su deseada Felicidad. Él no dudaba que al dar con su paradero sentiría una enorme satisfacción. Realmente Futuro tenía una grandísima fuerza de voluntad. 

Una noche, cuando se disponía a descansar un rato bajo un árbol, empezó a sentirse mal. El agotamiento invadía cada uno de los extremos de su cuerpo. Sin darse cuenta quedó tendido en el suelo, inconsciente.

Futuro había perdido la noción del tiempo. Recuperó el conocimiento y al abrir sus ojos decaídos se sorprendió al ver que estaba estirado sobre un cómodo colchón de lana, cerca de una chimenea dueña de una lumbre que le regalaba un relajante calor que jamás antes había sentido. Altos techos con vigas de madera, el sonido de las chispas pixelando la habitación, la tenue e intermitente luz que el fuego desprendía... El malestar se había desvanecido como si de un fantasma sigiloso se tratase... Estaba sumido en un mar de sensaciones, sensaciones casi desconocidas para su ánima, ya que llevaba más de media vida corriendo, sin mirar a su alrededor, sin parar a respirar y a oler los días, las pausas, los minutos. 

A su lado, en un crujiente balancín de mimbre, se hallaba sentada una anciana de rostro amable y cabello de plata. Se presentó. Su nombre era GENEROSIDAD. Su voz parecía encajar perfectamente con aquel entorno de paz. Generosidad acariciaba la frente de Futuro viendo cómo éste abría lentamente sus ojos, confuso y desorientado. Entonces, Generosidad le explicó que su nieta, EMPATÍA, lo había encontrado sin conciencia en el bosque, y que con la ayuda de sus otros nietos, pudieron llevarlo hasta su casa para intentar que se recuperase. Futuro escuchaba con atención, por un momento poco le importó la prisa, ya que esa voz se acercaba más a una melodía que a una simple conversación. 

Una vez Generosidad terminó de relatar a Futuro lo sucedido, a éste le surgió una duda que en ese momento no pudo resolver. Esa duda no era el porqué del desmayo, sino el por qué alguien gastaba su tiempo y energía en un desconocido que nada aporta. Eso le hizo recordar a Esperanza. Aun sin entender el porqué, hacia sus adentros respiró aliviado y se alegró de que el destino hubiese querido ponerle a Empatía tan cerca. Sin duda se trataba de una gran persona, pero por otro lado era muy evidente que Empatía no tenía unas metas bien definidas, como le pasaba a él, porque alguien en plena lucha por lograr sus objetivos no pierde el tiempo en cosas como recoger a un desconocido y ayudarlo. Futuro tenía claras las prioridades en su escala de valores, y la número uno era, sin duda, no despistarse nunca en su camino hacia Felicidad. Si todo el mundo tuviese tan claro que eso es lo realmente correcto, no habría tanta gente desdichada y fatigada de vivir. A pesar de todo, el ambiente en esa acogedora choza no parecía estar acorde a sus creencias.

Sumido en sus pensamientos, por un momento había perdido el hilo de la conversación con Generosidad. Ésta seguía hablándole, y explicándole que tal como encontraron a Futuro, todo apuntaba a que su desmayo se debía a agotamiento. Es por ese motivo que le ofreció su casa, poniendo a su disposición las comodidades necesarias para que se repusiera, para que comiese bien y durmiera el tiempo que le hiciese falta. Futuro la observaba perplejo. Seguía sin comprender realmente cuál era el beneficio de tales propuestas. Por un momento tuvo la tentación de aceptar la detención, pero ese pensamiento lo mantuvo tan solo un segundo, ya que Felicidad no podía seguir esperando más. Entonces, por mera educación, Futuro le explicó a Generosidad cuál era su proyecto, y sin dejar que ésta opinase al respecto, aprovechando que estaba algo repuesto, cogió sus cosas y enfriando esa alcoba de sentimientos, emprendió viaje de nuevo. No tenía tiempo ni de amistades ni de recuperaciones innecesarias. 

Cap.7. AMOR.
Perdí tu amor, perdí entonces mi vida. Perdí tu luz, y me cegué sin remedio. Tus pulmones son los que me dan el aire, tu corazón es el que hace fluir mi sangre. Si te marchas robaré tu sombra, si te quedas robaré tu calma. Te quiero, te quiero sin saber quererte. Te perdí, y tampoco sé perderte.

Tras el otoño teñido por el ocre de las hojas, aterrizó uno de los inviernos más gélidos que Futuro había conocido. El cielo no perdonaba a la luz, y la mantenía escondida tras las nubes aterciopeladas de luto. El viento invadía rincones tan escondidos como la madriguera de una escurridiza liebre, y la lluvia hacía gala de su implacable presencia cada vez que podía. Futuro era fuerte, tenaz, y a pesar de todo soportaba con bastante estoicidad las trampas que el Universo le interponía.

Pero la voluntad no siempre puede frenar esas arrugas tatuadas en el rostro, ni que los músculos pierdan la elasticidad o el corazón el ritmo. Futuro estaba cada vez más débil, sobre todo en los días que le era imposible encontrar más alimento que algún fruto que había sabido zafarse del clima. 

Caminaba y caminaba sin cesar, apoyándose obsesivamente en el consejo de Obstinación. Se cruzaba constantemente con otras personas, pero no las miraba. Le resultaban gente mediocre, hombres y mujeres que no habían sabido darse cuenta de cuál es realmente el sentido de haber nacido. Pocas veces había vacilado y parado en su ruta, pocas personas y pocos momentos le dieron esa opción. Pero inesperadamente, una de esas muchas tardes, apareció una pareja que llamó su atención. Sin lugar a dudas eran aquellos jóvenes que ayudaron al perro con Esperanza. Lo que más le sorprendió a Futuro fue que parecían mucho mayores de lo que la otra vez percibió, habiendo incluso los surcos de su piel tomado sin perdón parte de sus facciones. En esta ocasión no iban solos, ya que los acompañaba un hombre de estatura alta, incluso llamativa. Era fascinante el hecho de que, a pesar de todo, ni hubiesen cambiado un ápice sus sonrisas. Seguían estando iluminados por esa luz de alegría que irradiaban sus miradas aún infantiles. 

De nuevo, como en otras ocasiones, se acercaron a él. 

Futuro llevaba días falto de alimento, y azarosamente le ofrecieron comida. Recordó momentáneamente a Generosidad. Aceptó la ofrenda por pura necesidad, pero la desconfianza iba cosida a su cabeza, que no le permitía comprender que con ese intenso frío alguien pudiese mostrar semejante júbilo. Bajo su punto de vista, algo extraño escondían, y agradeciendo el alimento sin grandes aspavientos, decidió tomar rumbo, sin percatarse de que ellos tres iban de camino por el mismo sendero, y sin ni siquiera haberse presentado a ese tercer nuevo acompañante.

Transcurrió el invierno y, por fin, envuelta en los aromas de colores de las flores, llegó la primavera. Ese Sol que no quemaba la piel era como un enchufe que recargaba a Futuro las pilas de su alma. Recuperó algo de esa alegría que se había disipado en los charcos de piedras y arcilla de la gélida estación predecesora. La nieve parecía ya solo un mal recuerdo inundando sus pies semidesnudos. Caminaba ligero, fugaz, la mochila parecía pesar menos, y los frutos invadían las lindes de los campos regados de luz. 

Fue en una de esas tardes cuando de pronto, Futuro se cruzó con una bonita mujer de piernas espigadas y rostro tierno. Era de baja estatura, pequeñita, parecía que podía romperse como una copa de cristal en cualquier momento. De puntillas, alzaba sus manos de porcelana intentando alcanzar unas cerezas escarlata, y a Futuro le pareció que con un simple golpe de aire podía caer de bruces al suelo y partirse en dos. 

Por alguna extraña razón, quizás movido por el esplendor del ondulado cabello cubriendo su espalda, Futuro olvidó su prisa por llegar a su meta, y se acercó a ayudar a esa criatura que alguien había depositado entre árboles como si de un presente se tratase. Alargó su brazo para alcanzar las cerezas, y fue entonces cuando se dio cuenta de que ya no era un muchacho, sino que se trataba de un hombre maduro, cuyo cuerpo ya no respondía como antaño. Le extrañó no haberse dado cuenta de que se había hecho mayor, de que su piel estaba dominada por las manchas y de que sus huesos ya no eran frescos y ágiles como antaño. Pero la visión del rostro agradecido de su nueva amiga provocó en él tal sentimiento, que evitó que le preocupase en demasía su evidente cambio físico. 

Futuro, gentil, se presentó. Ella, de ojos rasgados y pómulos de fresa, dijo su nombre; AMOR. De ahí nació entonces una amena charla que transportó a Futuro a una dimensión desconocida de su corazón. No importaba lo que ella dijese. Su voz embriagaba su mente como el más dulce de los vinos, como si una sábana de coral evitase que sus pensamientos fluyeran más allá del mar. Sus sonrisas eran bálsamo para las heridas que todos esos años Futuro acumuló, y de las que ni siquiera era consciente. Se le encogió el estómago y se le abrió el pecho. 

Felicidad pasó efímeramente a un segundo plano. Amor era todo lo que necesitaba. Sus cerezas, sus historias, esos gestos que despertaban su sonrisa más sincera, que aceleraban su espíritu con el calor de la pasión, que hacían que la inocencia de su ser volviera a invadir sus ilusiones y vivencias.

Futuro acarició las manos de Amor. Decidieron emprender juntos camino. Consciente, o inconscientemente, Futuro relajó su búsqueda, y dejó de escudriñar fervientemente los atajos que lo condujesen, irremediablemente, al abrazo de Felicidad. 

Así, durante un tiempo, estuvieron parando continuamente. Cogían flores, se bañaban en los ríos, dormían e incluso escuchaban las voces ocultas en la brisa de esos largos atardeceres. Futuro miraba al horizonte y ya no sólo veía en él su meta. Durante ese lapso, disfrutaba viendo el Sol resbalar tras las montañas de musgo, y ocultarse como si de un cachorro miedoso se tratase. Durante ese periodo, Futuro miraba las estrellas ejecutoras de la oscuridad, y ya no veía sólo en ellas una brújula para iluminar los caminos. 

Amor y Futuro disfrutaron de los lazos de sus manos durante un tiempo, pero Rutina empezó a visitarlos esporádicamente, empañando lo dulce de amargo, y los perdones de sinsabores. 

Siguieron juntos pero sus ritmos empezaron a diferenciarse... 

Futuro empezó a recuperar la prisa por llegar a Felicidad. Sentía que la había abandonado y se culpaba a sí mismo por ello. Amor no corría tanto. Seguía parándose a coger esas flores que antes tanto le gustaban a Futuro. Seguía buscando frutos, mirando las mariposas y bañándose en cada uno de los ríos de plata que encontraba en los bosques y montañas.

Futuro ya no frenaba para esperarla, y ella tuvo que empezar a acelerar su paso. Ya poco podía refrescarse en las aguas, pocos perfumes de flor rociaban su piel, y las frutas empezaron a ser siempre las de la parte más baja de la copa de los árboles... Amor era muy afable, le gustaba parase a hablar con la gente, reír e incluso bailar. Pero lo que antes encantaba a Futuro ahora no era más que motivo de críticas y discusiones. 

El rostro de Amor perdía brillo por cada mala respuesta de Futuro. Sus manos de porcelana empezaban a ser ásperas y estar repletas de callos producidos por los pinchazos de las zarzas. Tenía que coger demasiado rápido las moras... 

Esas largas noches de verano se transformaron en breves periodos de tiempo para descansar lo imprescindible e ir tras la búsqueda de Felicidad. Amor se apagaba. Futuro envejecía. Sin darse cuenta, sus manos ya no viajaban unidas.

Una mañana de esas que antes habría resultado el mejor de los motivos para sonreír, Amor vio que asomaban unas maravillosas rosas de colores entre la maleza. Impresionada por su belleza intentó cogerlas, pero las espinas caprichosas no se lo permitieron. Pidió ayuda a Futuro, pero para éste cualquier motivo de distracción suponía ya un problema. Futuro no quería seguir perdiendo inútilmente el tiempo. Amor, compungida y resignada, asintió a los reproches de Futuro, y pensó que ya encontraría rosas más adelante. Y sí, encontraron rosas, cerezas, fresas, amapolas.... Pero Futuro ya nunca quería parar a recoger nada, estaba demasiado impaciente, y donde durante una época vio belleza, ahora tan solo veía banalidades absurdas que no llevaban a ningún destino útil o necesario. 

Amor estaba cada vez más triste, y su estado de ánimo hacía que flaquearan sus fuerzas. Su esencia se extinguía, y le resultaba cada vez más difícil seguir el frenético ritmo de su amado Futuro. 

Un día, al entrar en un frondoso bosque lleno de frutos inundados por el canto de alguno de esos pájaros haciendo gala de sus artes, Futuro se dio cuenta de que había perdido a Amor. Ella no había sido capaz de seguirlo a través de los árboles, e irremediablemente se perdió. Futuro sintió un pinchazo en el corazón al notar su ausencia, tuvo el impulso de dar media vuelta, ya que sabía que iba a echar de menos a Amor, pero cabía el riesgo de perder semanas enteras en lograr encontrarla, ya que el bosque era enorme, por lo que, aun sintiendo una enorme pena, decidió sacrificarse y seguir adelante, en busca de Felicidad, que era a quien realmente deseaba y necesitaba. Amor había provocado torpeza en su sendero, lo había retrasado en demasía y eso no era lo que le convenía. Además, Felicidad indudablemente le daría más satisfacciones que Amor. Seguro que era más hermosa, seguro que su rostro no era pálido como el de Amor, seguro que no viviría siempre despreocupada, pensando en coger flores y bailar, seguro que Felicidad era mucho mejor que Amor, seguro, si todos se enamoraban de ella tenía que ser por eso. Como Amor había muchas más, con total seguridad el mundo estaría repleto de mujeres como ella, pero como Felicidad sólo había una, ella, la única, la inquebrantable Felicidad. 

Amor nunca supo valorar lo que él necesitaba, Amor no le ayudó con su proyecto. Amor no supo ver lo que indudablemente vería Felicidad.


Cap. 8.  DEPRESIÓN y SOLEDAD.
Me rodeaba la gente, el local estaba lleno. La música vibraba, todo el mundo bailaba. Cerré mis ojos, tapé mis oídos, mil personas a mi lado... Pero yo era el más solitario ser del mundo entero. Soledad... Soledad rodeada de gente... Música en silencio, voces en silencio, bailes en silencio... De repente una mano cálida acarició mi pelo... Eras tú, el local estaba ya vacío, y yo era la persona mejor acompañada.

Pasaron los años. Futuro seguía su camino, mantenía su proyecto, nadie podía dudar de su constancia. 

Al principio de su viaje, a menudo el rostro de Futuro se hallaba mojado en sudor. Ahora, sumido en su vejez, sus mejillas habitualmente amanecían mojadas, pero en este caso eran las lágrimas las que cubrían su piel. Esas estalactitas que hace años no dejaban nacer la pena de sus ojos, se habían licuado y transformado últimamente en el visitante habitual de los sueños de Futuro. Sin percatarse de ello, llorar se había tornado rutinario en el día a día de Futuro, tanto que incluso para él ya resultaba algo irremediablemente usual.

Una nueva acompañante lo seguía tras sus pasos. Se trataba de DEPRESIÓN. Como una sombra que jamás se separa del cuerpo, Depresión acompañaba fiel a Futuro. Éste tenía confianza en ella. Compartían largas conversaciones, rememoraban a menudo el pasado que los había unido, recordaban a los padres de Futuro, se lamentaban de lo que le había faltado y le faltaba. Depresión había sido una de las grandes amigas de su madre, y siempre había rondado su casa y las zonas que de niño frecuentaban. Futuro no se daba cuenta, pero Depresión enfocaba la vida desde un punto de vista nocivo, le costaba encontrar la luz en la oscuridad, la música en los silencios o la brisa en las tormentas. Depresión se sentía cómoda cuando Futuro se sumía en lamentos, e incluso llegaba a regocijarse en sus malestares y dolores. Lo apoyaba hasta tal punto, que Futuro se sentía sádicamente bien, en ocasiones, sumergiéndose en la congoja que ahogaba, insaciable, hasta la última de las venas por las que su sangre corría.  

Un amanecer, cuando el Sol despuntaba con la fuerza que al mejor de los pintores habría inspirado en su obra, Depresión necesitaba ponerse las gafas de cristal oscuro para que su luz no dañase sus pupilas. La gente con la que se cruzaban, en general, siempre les resultaba triste o desagradable. Futuro, junto a Depresión, se había dado cuenta de que las personas comparten sus vidas con una amargura capaz de contagiarse en cualquier momento, una amargura que parecía ser una pandemia imposible de erradicar de ese mundo vacío de motivos para luchar más allá que el de la búsqueda de Felicidad. 

Además, Depresión tenía claro que Futuro no hacía bien las cosas. No podía ser que llevase años intentando alcanzar el Horizonte y todavía no lo hubiese conseguido. 

Depresión y Futuro llegaron a la funesta conclusión de que el camino tomado era incorrecto. Todo era reflejo de los malos consejos de su padre, los sueños absurdos de Esperanza, y ante todo la necedad de haber perdido rumbo y compás junto a Amor. Futuro había hecho las cosas mal en el pasado, muy mal, y la única forma de llegar a Felicidad era evitando contaminarse de esa contaminación externa a su persona y a la propia persona de Depresión. 

Pero a veces, aunque la voluntad fuese férrea, era inevitable...

Y así fue como Futuro y Depresión encontraron a SOLEDAD en su senda. Soledad era una de esas mujeres que pasan desapercibidas a simple vista, pero que cuando uno empieza a tratarlas se da cuenta de la potencia que tienen. A Futuro eso le gustaba, veía en ella a una mujer docta, de ideas claras, de juicios lógicos. No se dejaba llevar por las emociones, no se dejaba influir por nadie. Encajaba exactamente con la filosofía que había tomado junto a su ya inseparable Depresión, y a medida que Depresión aumentaba su presencia en el camino de Futuro, Soledad los visitaba más a menudo. Lo que anteriormente fue una esporádica e intermitente amistad, con el paso de los años se había transformado en una relación basada, prácticamente, en la dependencia. Soledad ni siquiera necesitaba hablar. Ella podía clavarle los ojos a la faz, y con esa mirada le podía transmitir todo aquello que en ese momento le interesase comunicar a Futuro. 

Soledad era especial, se dedicaba solo a él, y eso hacía q él también se sintiese especial. 

Y Depresión apoyaba esa especie de triángulo amoroso que se había creado. Generalmente ambas coincidían en sus consejos y visión para lograr ejecutar con éxito el proyecto de Futuro, y eso les provocaba paz y armonía en su sentir. 

Futuro se acostumbró a ellas, a las dos, y consideró que su elección acertada. No necesitaba más. Ellas seguían su ritmo, él podía seguir buscando a Felicidad, y nadie le interrumpía con temas superfluos, sobrantes, de esos que no encaminan a nada útil. 

Comía con ellas, dormía con ellas, lloraba con ellas, juzgaba al mundo con ellas, criticaba con ellas, sentía culpa con ellas, lo hacía todo con ellas. Ellas, Depresión y Soledad, eran sus únicas y mejores amigas.
 

Cap.9. CORDURA Y SERENIDAD.

Destruyeron todo de mí. Paseaba por las calles queriendo morir. Nada importaba, ni nada importaría. Por un momento creí que todo eso nunca acabaría. Lloraba, reía, lloraba y volvía a llorar. Y llegaste tú. Lo de hoy es hoy, lo de mañana no es hoy, y lo ayer tampoco lo es. Soporta lo de ahora, vivirás lo de después. No dejes nunca de luchar.
 

Una noche, cuando se disponía a buscar cobijo entre arbustos, Futuro se encontró con una mujer ancha, especial, muy agradable. Como por arte de magia, después de años carente de sociabilidad, Futuro se acercó atraído por ella y le habló. Sin esperar respuesta, le narró el proyecto por el que siempre había luchado, le contó el porqué de haber elegido entre la típica vida de los mediocres, o la suya, la que busca a Felicidad sin cesar y con tesón.

CORDURA, mujer parca en palabras pero muy directa, escuchó atentamente el relato de Futuro. Ella, al igual que él, desconocía el motivo por el que éste, sin razón aparente, le relataba su historia, pero aun así, no perdió la atención. Cuando Futuro terminó, cuando sacó a la luz tanto su lucha como sus frustraciones, CORDURA le dio el mejor de los consejos:

-       Futuro, si quieres llegar a casa de Felicidad, si quieres conseguir abrazarla, descansa. Detente. Renueva tu fuerza y tus pensamientos, pule tu mente, limpia tu corazón. Será entonces cuando, quizás, logres abrazar a Felicidad.

Futuro la escuchó con interés. Por un momento apartó a Depresión y a Soledad de su vera, y decidió abrir su mente a nuevos juicios. Por ello, algo inquieto, explicó a Cordura que no encontraba la forma de sentir que, haciendo lo que ella le recomendaba, no estaba perdiendo inútilmente el tiempo. Entonces, Cordura le explicó una pequeña historia.

-       Érase una vez una joven llamada SERENIDAD. Serenidad era impetuosa, siempre tenía unas enormes ganas de jugar, poseía un brío desbordante que la mantenía alegre y risueña. Le encantaba explorar el mundo, ver cosas nuevas, conocer personas y salir y entrar constantemente de casa. No tenía preocupaciones, no tenía quehaceres, simplemente disfrutaba de la vida, una vida centrada en sí misma y en no cesar nunca en el empeño de disfrutar a toda costa. 

Una noche, cuando Serenidad estaba junto a su madre, ésta enfermó repentinamente. En aquel momento, Serenidad temió por su vida. Temer por la vida de una madre joven, fuerte, una madre de esas que son capaces de sostener el tejado de nuestros hogares con una sola mano, es uno de los peores abismos en los que uno se puede hallar.

Serenidad la observó, y se dio innegable cuenta de que la mirada de la que le había dado la vida se estaba desvaneciendo bajo las sombras de la peor de las despedidas. En aquel momento, Serenidad sintió unas enormes ganas de llorar, de gritar, de tirar todo aquello que encontrase a su paso, llevada por la rabia y por la propia autocompasión de perder el puntal de su existencia. 

Pero a veces, uno mismo, cuando cree que el dolor no puede estar más insertado en su piel y en lo más profundo del alma, se contiene. 

Y Serenidad se moderó. Serenidad supo afrontar por un momento que quizás estaba llegando el final de su principio. Serenidad decidió no avanzarse al padecimiento, no dejar que lo peor fuese más fuerte que lo mejor. Serenidad en aquel momento sintió, por primera vez, una enorme responsabilidad ante tal situación. Su reacción no podía ser impulsiva, su pena no podía adelantarse a lo evitable, su enojo no podía dejar que esos párpados se sumieran, irremediablemente, en la oscuridad del infinito que nunca regresa.

Abrazó a su madre, clavó su corazón al suyo propio. Dejó que sus latidos pausados, tranquilos, dirigidos por la paz y por la calma que intentaba mantener estoicamente, retomaran el compás de los latidos de esa persona que no podía desaparecer. Se fusionó con ella de la misma forma que fusionadas estuvieron durante esos nueve meses de gestación sin pausa. Se transformaron, de nuevo, en una. Y esos dos corazones que en el pasado habían sido una sola pieza, recuperaron el latido, perfectamente sincronizados, como si del mejor de los relojes se tratase. 

Su madre empezó a recuperar el aliento, pausadamente, de la misma forma que Serenidad lo hacía. Sus ojos empezaron a recobrar la luz, sus mejillas perdieron el plomizo y sus manos recuperaron el gesto. 

Serenidad lo había logrado. Había sido capaz de equilibrar esa situación que, en un inicio, anunciaba uno de esos inevitables terremotos con los que a veces el destino nos castiga. Su madre estaba ahí, viva, en paz, enredada en la mano de Serenidad. Lo que pudo ser una desgracia, se transformó en una vivencia que hizo de Serenidad la persona que ahora es; reflexiva, pausada, analítica, fría en ocasiones.

Durante unos instantes se hizo el silencio. Futuro escuchó con gran interés. El relato le hizo pensar en su propia madre, siempre apagada, siempre gris... Supo encontrar la moraleja de la historia, y se percató de que quizás se había dejado empujar por la impaciencia de sus deseos. Ya no era un joven, tenía que ser sensato y darse cuenta de que, decididamente, con pausa las cosas podían ir a mejor. Estaba cansado de lamentos, él quería conocer a Felicidad, y a partir de ese momento reflexionaría mucho más a cada paso que diese. El relato de esa desconocida le había hecho reaccionar. 

Cap. 10.  FIN.

No quería que llegases, pero llegaste. Llegaste mientras yo me mortificaba esquivándote, día a día, noche a noche. No quería que llegases, y por no querer tu final jamás me atreví a comenzar... No quería que llegases y por no querer tu llegada, lo que conseguí fue que te incrustases, sin escrúpulo alguno, en mi vida... No quería que llegases, y cuando llegaste me di cuenta de que siempre estuviste. Ya fue tarde.
 

Y Futuro volvió a tomar camino una vez más. Intentó adivinar el motivo por el que el horizonte siempre se alejaba de él. No encontró respuesta, pero tras una vida persiguiéndolo, ya no sabía tomar otra dirección.

Fue capaz de desprenderse de Depresión, aunque Soledad siempre le rondaba en su vía.

De repente, una de esas miles de tardes, sumido en sus pensamientos y en esos pasos que ya eran más mecánicos que conscientes, Futuro tropezó con una enorme piedra gris. Su vista fallaba y sus reflejos no eran los de antaño. Como si de un cepo del más burdo de los cazadores se tratase, partió su tobillo en dos y lo dejó tendido en el suelo como si fuese una seca rama de otoño esperando el paso del viento. Estuvo horas boca arriba, sin poder moverse, con los ojos abiertos enfocados hacia el cielo, ese cielo que pocas veces había observado con detenimiento. Las nubes adoptaban formas terroríficas, formaban siluetas que le asustaban cual bebé encerrado en la oscuridad. Quería huir de esa situación, pero su anciano cuerpo había decidido que ese era el momento ideal para traicionarle. Futuro pensó en Cordura, intentó seguir el ejemplo de Serenidad, decidió respirar con pausa, en calma, y esperar, esperar como hubiera hecho Esperanza, no dar nada por perdido. Aun así, por primera vez, Futuro sintió miedo.

Anocheció, y amaneció, y el cuerpo de Futuro siguió tendido en el suelo, inamovible, hasta que de nuevo la casualidad, el destino, o quizás la fortuna, una vez más pusieron a su vieja amiga Empatía en el mismo lugar. Al verlo, ésta corrió a socorrerlo. Afectuosa, acarició su pelo cano, le dio agua fresca y se quedó junto a él. Futuro se sintió enormemente dichoso por el hecho de que ella se hubiese topado con él. Jamás había pasado tanta angustia, temió que nunca más podría levantarse de ese polvoriento suelo. 

Futuro sonreía a pesar de las circunstancias. 

Pero el clima volvió a ser inoportuno en sus actos. Empezó a lloviznar y Empatía, al ver que no podía sola con Futuro para acompañarlo a buen recaudo, paró a tres personas que llegaban, ufanas, a lo lejos. Futuro, a pesar de su extenuación, rápidamente reconoció a dos de ellos, y su sorpresa fue mayúscula. Se trataba de esa pareja que conoció cuando eran niños, la pareja complaciente que ayudaba a quien podía cuando podía, la pareja que, con el apoyo de Esperanza, ayudó al chaval con su perro y que, junto a su alto y fornido acompañante, dieron de comer a Futuro en ese punzante invierno de años atrás. Con esa sonrisa incansable, corrieron hacia Futuro para ver cómo podían ayudarlo. Entonces, Futuro, emocionado por primera vez al valorar el apoyo ajeno, decidió agradecerles tantos gestos bondadosos a lo largo de su recorrido. Ellos, una vez más, le tendían su mano...

De repente, cuando parecía que todo eran buenas sensaciones a pesar del dolor de su cuerpo, aparecieron dos hombres enormes. Futuro, encorvado y delgado, se asustó ante sus intensas gesticulaciones. Se movían nerviosos. Uno de ellos no cesaba de llorar, sus ojos estaban empapados y sus manos denotaban desesperación. El otro golpeaba todo aquello que encontraba a su alrededor; árboles, rocas, lo que fuera. Entonces, el alto y misterioso acompañante de la pareja de sonrisa perenne, se dispuso a alejarlos de allí. 

Primero, con suma suavidad, se acercó al hombre que lloraba. Lo abrazó, lo acarició, puso sus manos sobre su pecho ansioso, lo rodeó por los hombros con ternura y consiguió que sus ojos dejasen de emanar el agua de la desdicha. Marchó.

Posteriormente se acercó al más violento. Le sonrió. El otro hacía aspavientos con sus brazos, pero con serenidad y entereza, el alto acompañante de sus amigos no dejaba de sonreír, se mantenía sosegadamente erguido, mostraba valentía. Finalmente logró que el violento agachase su mirada y se quedase sentado en un rincón del camino, silencioso, sereno, sin contemplar a nadie.

Futuro, desconcertado, preguntó a la pareja quiénes eran esos hombres, de qué los conocían, porqué no les tendían la mano de la misma forma que lo hacían con él. 

Aquella niña de mirada luminosa era ya una mujer madura, pero el centellear de sus ojos no se había perdido ni un ápice. Sonriendo, explicó a Futuro que esos muchachos se llamaban TRISTEZA y DIFICULTAD. También le explicó que su alto acompañante, el que logró apartarlos, se llamaba FORTALEZA. Fortaleza era quien se encargaba de controlar a esas dos personas que siempre les iban rondando a medida que caminaban por bosques y senderos. En ocasiones, lograban acercarse demasiado a ellos, y temían que pudieran hacerles daño o perjudicarlos de alguna manera. 

A Tristeza siempre conseguían apartarlo con amor, con cariño, con caricias, con abrazos, con contacto físico, con sonrisas, con miradas, con música en ocasiones. Nunca le vociferaban, jamás le agredieron, porque entonces tristeza se acercaría todavía más a ellos. Las buenas palabras hacían que se alejara, las malas palabras irremediablemente lo acercaban con mayor ímpetu.

Con Dificultad no siempre era tan sencillo. En ocasiones, la forma de apartarlo se asemejaba a lo que hacían con tristeza; gestos tiernos y palabras suaves lo alejaban.

En otras ocasiones, para alejar a Dificultad era necesario recurrir a la comprensión, la paciencia, la calma y el respeto por su situación. En casos así, Dificultad lograba reducir su potencia e incluso anularla del todo.

Pero hubo ocasiones en que Dificultad no podía despegarse de ellos de ninguna manera, sobre todo cuando la salud les había traicionado o el duelo se había topado en su crónica. En casos así, la única forma de que Dificultad se pusiese a un lado del camino, sin permanecer en el centro de cada uno de sus pasos, era con aplomo, con valentía, incluso con optimismo. Era importante intentar ignorar que los acompañaba. No siempre había solución para apartar a Dificultad, y sólo cuando se olvidaban de que estaba ahí, sólo entonces era cuando desaparecía. Aun así, si no lograban que desapareciese completamente, entonces se habituaban a su presencia, e intentaban que ésta no tocase sus emociones, o las tocase de forma que les permitiese seguir su camino de la mejor forma posible. Ahí, el papel de Fortaleza era fundamental. Tenía que ser constante, mantener sosegado a Dificultad para que no apareciese Depresión, y entre los dos entristeciesen a la risueña y cordial pareja.

Futuro escuchaba con atención. Por un momento había olvidado su tobillo partido, sus prisas, sus penas, sus frustraciones, sus rencores, su orgullo, su soberbia en ocasiones. Le gustaba lo que oía. De forma algo inconsciente, deseó haber tenido a alguien como Fortaleza, que le hubiese acompañado en su largo trayecto. Fue entonces cuando pensó en todos aquellos con los que se había ido cruzando; Generosidad, que en su momento fue su salvación. Empatía, que estuvo y estaba en ese momento atrapando sus angustias. Esperanza, Cordura, Serenidad... Le facilitaron las cosas para seguir buscando a Felicidad, a cambio de nada. Amor... Ella había sido especial, ella había sido su fuerza durante mucho tiempo... Amor... Futuro nunca pudo arrancar de su alma el sentimiento más puro que había albergado por alguien, pero la perdió... Y ya nunca la buscó... Felicidad fue quizás una infidelidad por la que Futuro siempre luchó, anteponiendo a la lealtad y los sentimientos, las ilusiones y su sueño, su proyecto todavía no cumplido.

Futuro despertó de sus reflexiones y siguió escuchando el relato de esa mágica mujer. Ella le narraba que, a pesar de todo, Fortaleza no siempre había logrado sus propósitos. No siempre los había podido proteger de Dificultad y Tristeza. Y era por ello, en ocasiones, la pareja había tenido que hacer largos tramos del camino separada... Su amado siempre iba en línea recta, no perdía jamás el rumbo, seguía el camino marcado de forma inalterable, como si el mapa a seguir no admitiese modificación alguna. Pero ella, le relataba a Futuro, no siempre podía seguir esa línea imaginaria y perfecta, y junto a Tristeza y Dificultad había tomado curvas que la alejaban, irremisiblemente, de su compañero. Y esas curvas a veces habían perdurado años.

Futuro estaba asombrado, se había sumido en su historia como jamás lo había hecho antes con algo que no tuviese que ver con Felicidad, y realmente hubiera querido poder seguir escuchando lo que ella relataba, pero no podía perder más tiempo, ya que de lo que nunca había dudado era de que quería cumplir con su tan anhelado proyecto. 

Felicidad le esperaba, esa era su meta, y a pesar de sus dudas sobre si había hecho o no las cosas bien, debía continuar. 

Decidió levantarse y seguir en su búsqueda, pero al intentar incorporarse cayó de bruces al suelo. El dolor era insoportable, su tobillo fallaba sin tregua, y su cuerpo había decidido que no quería seguir adelante con esa aventura. Futuro sintió que se hundía. Necesitaba andar, caminar, correr, necesitaba llegar al horizonte como fuese, sinó nada de lo que había hecho en su vida tendría sentido alguno. 

Desencajado, miró a la mujer con gesto de súplica, esperaba que ésta lo ayudase, pero ella, con gesto benevolente, intentaba esbozar una tímida sonrisa que ya no albergaba quizás su anterior alegría. La compasión invadía sus facciones, estaba agachada junto a él. Su eterno compañero siempre, en pie. Fortaleza, arrodillado, y Empatía tomando su mano. 

Futuro sintió entonces que el final quizás estaba cerca. Ansiedad se acercó a observar pero Fortaleza la apartó raudo. Futuro, por algún inexplicable motivo empezó a sentirse relajado, en paz, plácido. Recordó a Serenidad de nuevo.

Futuro se perdió, definitivamente, en la mirada compasiva que irradiaba a la que consideró como su nueva amistad. Con dulzura, ella le inquirió entonces por él, se interesó por saber sobre aquel anciano que, algún día, fue un impetuoso joven que corría tras algo que nunca le permitió pararse en el camino cuando se encontró con ellos, a pesar de haber coincidido en varias ocasiones. 

Futuro, con tenue voz, habló de él, de su padre, de lo que éste le había enseñado, de su ansiada Felicidad, de lo que se había transformado en su proyecto de vida, de aquel escurridizo horizonte que jamás se dejó atrapar. Le habló de su persistencia, de los sacrificios que había tenido que hacer para conseguir su meta, de Amor... Le explicó uno a uno cuáles habían sido y eran sus sentimientos. También se lamentó ante la frustración que lo empujaba constantemente a seguir adelante, de esquivar aquello que su madre jamás consiguió esquivar, de sus miedos, de sus angustias... Todo llegaba a lo mismo, todo se proyectaba en un mismo punto, todo tenía un único sentido; Felicidad.

Futuro lo narró todo, y ese todo le sirvió también de alivio. 

El tiempo se había parado, los relojes frenaron las agujas, el Sol se había posado sobre las montañas inamovible, el viento no soplaba y las nubes parecían bastos trozos de agua helada pegados al cielo.

Ella, con sosegada sonrisa y ojos compungidos lo miraba. Su amado arrancó un suave pero lastimoso sollozo. Futuro no comprendía esas reacciones ante sus palabras. La mujer posó su tierna mano en la mejilla de Futuro, se acercó a su rostro alargando el cuello, y le habló:

-       Yo soy FELICIDAD, Futuro. Y jamás me vas a encontrar en el horizonte, porque el horizonte no es una meta, el horizonte es la luz q el tiempo desprende para que no pierdas de vista tu camino. Siempre te iluminará hacia delante, pero nunca hacia detrás, porque PASADO nos sigue a todos, y no nos permite retroceder. Y mi compañero, mi pareja, el amor de mi vida, se llama PRESENTE, y lo seguimos porque él marca el sendero que todos recorremos sin darnos cuenta. Delante de él no hay nada más q luz. No hay bosques, ni montañas, no hay nubes, ni ríos, ni mucho menos mares. Delante de él sólo está esa intensa luz que rasga el cielo con la Tierra, que ilumina el infinito fugaz imposible de alcanzar, no hay nada más que eso. Igual que Presente lo es para mí, yo soy su gran amor, Futuro, y me cuida si enfermo, recoge flores para hacerme sonreír, me alimenta, me besa, me acaricia, estima con pasión cada día que estamos juntos, respira cerca mío para que yo haga de su aliento mi refugio... Presente es ese pedazo de mi corazón con el que puedo volar, con el que siento paz, es esa parte de mí misma que da sentido a todo lo que me sucede, a lo bonito y a lo no tan bonito. Nos queremos, nos amamos intensamente, y cada vez que encontramos a alguien en el camino, intentamos transmitirle nuestro bienestar, porque somos felices así. No miramos adelante, cuidamos el terreno que pisamos, plantamos arbustos, escuchamos el trino de los pájaros, recogemos las cosechas para no pasar hambre en invierno, descansamos del duro trabajo que  a veces el cuidado del campo requiere, compartimos largas charlas con Fortaleza, intentamos aprender de Generosidad, rehuimos a Rutina, y disfrutamos de otras amistades que hemos creado durante nuestro camino; Simpatía, Sinceridad, Esperanza, Empatía, Cordura, Dulzura, Amabilidad, Nostalgia, Libertad, Armonía, Honestidad, Valentía, Generosidad... Y muchos más. Y cuando Dificultad o Tristeza han logrado separarnos, Presente siempre se ha esforzado por recuperarme, siempre ha tenido entereza, y junto a Fortaleza ha vivido hasta que yo he logrado regresar, y nos hemos podido besar de nuevo... 

Ahora somos ancianos, pero el día que terminemos nuestro camino, será sabiendo que nos hemos amado y que hemos sabido apreciar todo aquello que este amor nuestro nos ha regalado, que hemos superado los muchos baches que un sendero de tierra puede poseer. El día que todo se termine, ese día creo que no nos arrepentiremos de nada, porque nosotros hemos luchado por lo que realmente importa, por nuestros sentimientos, por ayudar a aquellos que nos han podido necesitar, por compartir nuestro plato con el que haya tenido hambre, por animar al desanimado, por consolar al desconsolado, por reír con el alegre, y por intentar reír también con el que llora. No sé si en nuestro final Fortuna nos ayudará a estar unidos, o Fortaleza se encargará de enlazar nuestras manos, pero como mínimo el día que no podamos seguir respirando, sabremos que la parte más esencial de nuestra existencia la hemos recorrido juntos. Por lo tanto, podremos cerrar nuestros párpados, dejar fluir nuestras almas, sentir dicha por lo que hemos hecho y por lo que hemos dejado de hacer. Recordaremos a tantos y tantas que nos han acompañado, y ese último halo de vida será uno solo, será nuestra definitiva fusión, será el vapor de dos almas que se transforman en una única fugaz estrella eternamente incandescente. Ese es nuestro proyecto, Futuro.

La realidad se transformó en un crudo bocado obviedades. Había tenido a Felicidad tantas veces al alcance de su mano... Pero su impaciencia y su ambición le cegaron... Y en ese largo trayecto perdió su infancia, su juventud y su madurez. Pensó en Amor, la única por la que a veces supo frenar. Quizás ella le podría haber ayudado a conocer a Felicidad. Pero al igual que muchas otras cosas y personas, la dejó atrás. 

Futuro se sintió egoísta, egoísta consigo mismo. Pensó tanto en lo que quería que no fue capaz de ver nada de lo que tuvo, y ahora ya era tarde, pues su tobillo no le daba el salvoconducto.

Felicidad y Presente estuvieron a su lado los últimos días que logró seguir vivo, y éste, finalmente, se sintió FELIZ. Había logrado cumplir con su PROYECTO, su padre habría estado FELIZ por él, y su madre seguramente también... 

Aunque fuese poco tiempo, pudo disfrutar de esas dos personas que, de alguna forma, dieron sentido a su recorrido y, ante todo, al final de su vida. Esas dos personas fueron PRESENTE Y FELICIDAD.

 

 

 

 


 

 

 

 

Andrea Viñamata
22 Novembre 2018
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